Cuerpo, mente y salud: por qué casi todas las grandes escuelas de masoterapia provienen de Asia

Al pensar en masajes con historia, lo primero que se nos viene a la cabeza suele ser el shiatsu japonés, los estiramientos del masaje tailandés o la milenaria tradición ayurvédica de la India. Da la impresión de que casi todas las técnicas que conservan un sello propio, una filosofía viva y un ritual claro proceden de Asia.

Sin embargo, Occidente no siempre fue ajeno al poder de las manos. En la Antigüedad, griegos y romanos entendían el contacto manual como una medicina imprescindible para aliviar dolores, recuperar a los atletas tras el esfuerzo o tratar diversas dolencias. El propio Hipócrates, padre de la medicina moderna, ya recomendaba la fricción diaria como un pilar fundamental de la salud.

La verdadera brecha no estuvo en el origen, sino en el destino que cada cultura le dio a este conocimiento. Mientras en China, India o Japón las técnicas manuales se transmitieron de generación en generación como parte de sistemas médicos integrales, en Europa esa cadena se rompió y el arte del masaje acabó sumido en un silencio de varios siglos.

Dos formas de entender la salud

Esta continuidad tiene mucho que ver con la cosmovisión de cada región. En las tradiciones asiáticas, la salud física nunca se ha separado del bienestar emocional o mental. Disciplinas como la Medicina Tradicional China o el Ayurveda ven el masaje como un pilar cotidiano para prevenir dolencias, mover la energía del cuerpo y mantener el equilibrio integral.

En Europa, el camino fue muy distinto. Tras la caída del Imperio romano y durante la Edad Media, el cuidado del cuerpo perdió peso por profundos cambios culturales y religiosos. El masaje pasó a un segundo plano y perdió su hilo conductor histórico, mientras que en Asia siguió perfeccionándose sin interrupción.

No fue hasta el siglo XIX cuando Europa volvió a rescatar el masaje, pero esta vez desde un enfoque puramente clínico y biomecánico: centrado en la anatomía, la fisiología y la rehabilitación. Esa brecha de varios siglos es la razón por la que hoy asociamos el masaje como ritual o filosofía de vida con Oriente, aunque la necesidad de aliviar el cuerpo con las manos haya sido un rasgo universal de la humanidad.

India: el masaje como medicina de cinco mil años

La práctica del masaje de forma ya pautada surge en la antigua India, en torno al año 3000 antes de Cristo. Conocida como Ayurveda, la medicina tradicional de la India integra varios tipos de tratamientos que, combinados entre sí, ayudan a mantener la salud y prevenir la enfermedad: dieta, hierbas medicinales, aromaterapia y masaje ayurvédico.

La palabra Ayurveda significa literalmente «ciencia de la vida», y esa amplitud de miras es exactamente lo que diferencia este sistema de la medicina occidental clásica. El masaje ayurvédico, conocido como Abhyanga, utiliza aceites herbales tibios y movimientos rítmicos para equilibrar la energía del cuerpo y promover la relajación. Se cree que desintoxica el cuerpo, mejora el sueño y aumenta el bienestar general.

A diferencia del masaje chino, el enfoque ayurvédico es profundamente ritualista y considera el masaje como una práctica diaria, casi espiritual. No es una intervención puntual para resolver un problema concreto: es parte de una rutina de vida. El masaje ayurvédico tradicional no se prescribía solo cuando algo dolía, sino como mantenimiento preventivo del equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu, tres dimensiones que el Ayurveda nunca separa.

China: el masaje como mapa de la energía

El registro escrito más antiguo sobre masaje terapéutico se remonta al año 2700 a.C. Aparece en el Nei Jing (el «Libro clásico de medicina interna del Emperador Amarillo»), una obra fundamental que ya detallaba técnicas que hoy siguen vigentes en la medicina oriental, como la acupuntura o la acupresión.

Dentro de esta tradición destaca el Tui Na (que significa literalmente «empujar y agarrar»). A diferencia del masaje occidental, centrado en músculos y tendones, el Tui Na parte de una idea muy distinta: reequilibrar el Qi (la energía vital) y liberar el paso a través de los meridianos.

¿Qué son los meridianos?

En la Medicina Tradicional China, los meridianos son una red de canales invisibles por los que fluye la energía del cuerpo. Su «mapa» no coincide con el sistema circulatorio ni con el nervioso que conocemos en la anatomía moderna. Esta diferencia de concepto es la clave de todo. Por un lado, explica por qué a la ciencia occidental le ha costado tanto integrar estas prácticas (y por qué durante siglos en Europa se descartaron como una mera superstición). Por otro, demuestra que para la tradición china el masaje nunca fue un simple trabajo muscular, sino una forma de armonizar al ser humano de manera integral: cuerpo, mente y entorno.

Japón: los monjes que importaron el masaje de China

La historia del masaje en Japón no se entiende sin la figura de los monjes budistas. A partir del siglo VI de nuestra era, los religiosos que viajaban a China a estudiar no solo trajeron consigo textos sagrados, sino también los conocimientos de la medicina tradicional oriental, incluidas sus técnicas manuales. Con el tiempo, aquellas enseñanzas chinas fueron echando raíces en suelo japonés y moldeándose hasta dar lugar a una modalidad propia: el Anma.

De esa larga evolución nacería más tarde, ya a mediados del siglo XX y gracias al trabajo de sistematización de Tokujiro Namikoshi, el famoso Shiatsu. Esta disciplina comparte con el Tui Na chino la idea de presionar puntos concretos a lo largo de los meridianos energéticos, pero lo hace con un sello profundamente japonés. El Shiatsu no busca el amasamiento ni los grandes desplazamientos sobre la piel; es un arte de presiones firmes, pausadas y deliberadas, donde la concentración, el silencio y la presencia plena del terapeuta son tan importantes como las propias manos.

Sin embargo, la tradición japonesa del bienestar corporal no se agota en la presión puntual. De sus islas han surgido también prácticas con una identidad muy marcada, como el Nuru (término que en japonés significa, literalmente, «resbaladizo»). La leyenda popular sitúa su origen en las antiguas casas de geishas, quienes supuestamente lo ofrecían a nobles y viajeros exhaustos tras largos desplazamientos para aliviarlos de todo cansancio.

Los especialistas de Senzara explican que el Nuru es un ritual que suele realizarse sobre un tatami e incluso puede desarrollarse bajo el agua. El elemento más característico de esta técnica es el uso de un gel elaborado a partir de algas naturales, cuya textura extremadamente deslizante permite que el contacto corporal sea mucho más fluido y contribuya a crear una experiencia de relajación y conexión profunda entre los participantes.

Lo que diferencia al Nuru de otras tradiciones orientadas solo al trabajo muscular es precisamente su carácter de ritual de contacto total. Al utilizar el propio deslizamiento del cuerpo como herramienta terapéutica, se genera un estado de relajación que las presiones puntuales no alcanzan.

Tailandia: el sincretismo como método de sanación

Si hay una práctica que demuestra cómo la medicina tradicional puede ser un puente entre culturas, esa es el masaje tailandés (Nuad Boran). Es el fruto de un fascinante sincretismo que funde la filosofía budista, los principios de la medicina ayurvédica india, las técnicas chinas y la sabiduría indígena de la antigua Asia. Esta red de conocimientos llegó a Tailandia de la mano de los monjes y sanadores procedentes de la India, quienes no solo cruzaron fronteras para difundir el budismo theravada, sino también sus artes curativas. De hecho, la tradición considera como padre de esta disciplina a Jivaka Kumar Bhaccha, un médico indio que, según la leyenda, fue contemporáneo y sanador del propio Buda.

Esa rica mezcla de influencias es lo que le otorga al masaje tailandés una identidad única en el mundo:

De China y la India adopta la visión energética del cuerpo. En lugar de trabajar solo el músculo, se enfoca en las líneas Sen  —canales invisibles por los que fluye la energía vital—, un concepto hermano de los nadis del yoga indio y de los meridianos chinos.

De su propia tradición local aporta una dimensión física y dinámica sin igual. El masaje tailandés es una forma de trabajo corporal activo: un «yoga pasivo» donde el terapeuta no solo utiliza sus manos, sino también codos, rodillas y pies para realizar estiramientos profundos, tracciones y presiones rítmicas.

Por eso mismo, esta disciplina no se practica sobre una camilla convencional, sino sobre un futón o esterilla firme en el suelo. Esta posición no es un capricho cultural; es una necesidad. Al estar en el suelo, el terapeuta no recurre a la fuerza muscular de sus brazos, sino al peso de su propio cuerpo y a la gravedad. Esto le permite aplicar una presión profunda, gradual y precisa, logrando un equilibrio perfecto entre la liberación física y el flujo energético que difícilmente podría alcanzarse en la postura encorsetada de una mesa de masaje.

¿Por qué Europa se quedó atrás?

Ante este panorama, resulta inevitable preguntarse cómo es posible que Europa —poseedora de una deslumbrante tradición médica grecolatina en la que el propio Hipócrates ensalzaba el masaje como una herramienta curativa indispensable— acabara perdiendo ese saber durante siglos.

Por un lado, tras la caída del Imperio romano y durante buena parte de la Edad Media, el cuerpo humano pasó a verse con desconfianza. Con la expansión del cristianismo, cambió la forma en que buena parte de la sociedad veía el cuerpo y los cuidados físicos. Mientras que en la Antigua Grecia o en Roma el masaje formaba parte de los baños públicos, del entrenamiento físico e incluso de algunos tratamientos médicos, el nuevo contexto cultural otorgó mucha más importancia a la dimensión espiritual que a la corporal. El cuidado del cuerpo no desapareció, pero muchas prácticas relacionadas con el contacto físico, la desnudez o el placer comenzaron a verse con mayor desconfianza.

Eso no significa que la Iglesia prohibiera los masajes de forma generalizada ni que desaparecieran por completo. De hecho, en algunos monasterios continuaron utilizándose aceites, ungüentos y manipulaciones corporales con fines terapéuticos. Sin embargo, el masaje dejó de ocupar el lugar cotidiano que había tenido en la Antigüedad y perdió gran parte del prestigio social que sí conservó en otras culturas.

Por lo general, la rígida visión religiosa imperante hizo que el cuidado físico y el contacto manual quedasen sospechados de sensualidad o paganismo, lo que relegó la masoterapia a un plano marginal de la medicina tradicional y de la vida diaria.

A medida que la medicina europea se formalizaba en las universidades, se abrió una profunda brecha entre la ciencia oficial y las prácticas populares. Con el paso del tiempo, el Occidente moderno volcó casi todos sus esfuerzos en la farmacología y la cirugía, desplazando la manipulación manual al terreno del simple remedio casero o la superstición.

Tuvieron que pasar varios siglos para que el continente volviera a mirar el trabajo corporal con rigor científico. Fue en el XIX cuando el docente y gimnasta sueco Pehr Henrik Ling sistematizó un método basado en la anatomía y la fisiología moderna: el famoso masaje sueco. Con él, el contacto manual recuperaba una cierta respetabilidad en el entorno médico europeo. Sin embargo, para cuando Europa empezaba a redactar sus primeros tratados modernos de masoterapia, Asia llevaba ya milenios transmitiendo, perfeccionando y viviendo sus propias tradiciones de forma ininterrumpida como parte del cuidado diario de la salud.

El reencuentro: el retorno del masaje a Occidente

No fue hasta mediados del siglo XX cuando las técnicas asiáticas irrumpieron con fuerza en el mapa europeo. Llegaron primero a través de terapeutas formados en las escuelas tradicionales de Oriente y, más tarde, con la llegada de profesionales de origen asiático que trajeron consigo la vivencia viva y auténtica de estas disciplinas. 

Hoy el panorama es infinitamente más rico. En una misma ciudad conviven con total naturalidad la precisión biomecánica de la fisioterapia, la búsqueda de equilibrio energético del Tui Na o el Ayurveda, y los rituales sensoriales más sofisticados. El masaje ha dejado de ser una rareza lejana para convertirse en un verdadero puente entre la tradición ancestral y la ciencia contemporánea.

En el fondo, lo que une a todas estas culturas —a pesar de sus diferencias de técnica, filosofía o contexto histórico— es una intuición tan antigua como la propia humanidad: la certeza de que el contacto manual no es un lujo, sino una necesidad profunda. Que Europa necesitara mirar de nuevo a Asia para recordar la importancia del tacto dice mucho más de los puntos ciegos de la historia científica occidental que del valor real de una práctica tan universal como el propio cuerpo.

 

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